PRÓLOGO DE ERNESTO MARTÍN MARTÍNEZ A "VIII APELLIDOS A LA ROMANA - LA ÚLTIMA METAMORFOSIS DE OVIDIO", DE ANTONIO J. PARRA



Antonio Javier Parra sostiene que trabajar las Artes Escénicas con adolescentes (lo que nosotros llamamos el «teentheatre») es bien parecido a cruzar el puente de lianas con el que vibramos en Indiana Jones y el Templo Maldito. La imagen ochentera habla por sí sola y a Antonio no le falta razón, pues solo con abrir levemente el telón del teatro adolescente ya observamos cómo se tambalea ese puente por el que circula material inflamable de entre doce a diecisiete años, cómo la tensión se entrecruza con la alegría desbordante e incluso con el infarto escénico de lado a lado; quizás el hecho de que nunca nada sea del todo estable hace más emocionante, si cabe, esta película de aventuras que siempre acaba en final feliz antes de las vacaciones de verano.




Ya sea enfundándose su látigo y su fedora, ya sea ajustándose su colección de gorras, Antonio se pasea por ese puente día tras día, y en su afán de docente equilibrista cubierto de barro ha tenido la osadía de meter en la misma coctelera las artes escénicas, el mundo clásico y las múltiples referencias a la cruda actualidad en la que nos hallamos. El veleño es un artista pedagogo que utiliza el teatro (y los cortometrajes, o incluso el videoclip) como medio y herramienta para que el alumnado se involucre en el mundo grecolatino y reflexione sobre su propia realidad. El resultado tras mezclar -pero no agitar- sus ingredientes es un combinado capaz de conseguir que su equipo abrace la cultura clásica con entusiasmo y la despida con lágrimas en los ojos.




Lo sé de primera mano, pues yo he bailado con Antonio entre bambalinas desde que llegó al IES Santa Pola en mitad de su particular Odisea por los mares del País Valencià. En 2011 ya era un hombre de teatro que explicaba de manera teatralizada (El gran juicio) el origen mítico de la guerra de Troya entre las notas de Tiburón y los acordes Star Wars, arrancando las carcajadas del público asistente a la Casa de Cultura santapolera con algo que no tardaría en convertirse en su sello reconocible: sus característicos contrastes anacrónicos. Así que, tan pronto como nos encontramos pisando el mismo escenario, decidimos cruzar juntos ese puente spielbergiano con el puzzle teatral de habitación cerrada llamado Sospechosos sospechosísimos (2012), para el que nos preparamos concienzudamente a través de lectura y visionado tanto de clásicos detectivescos como de series contemporáneas y que tanto nos hizo disfrutar. La conexión total que surgió al compartir pluma y espada hizo que recorriéramos el mismo trayecto en las obras Neosainetes cósmicos (2013) y Centrifugados (2014), ahora sentados en el mismo tresillo que Nacho Ortuño, desde donde depurábamos la técnica del diálogo rápido y la respuesta ingeniosa con encurtidos, regates futbolísticos y madrugadas de mordisco a hamburguesa a la mitad del camino de vuelta a casa. Hasta que, finalmente, llegó el momento en el que Antonio, tras largo viaje como navegante exiliado, dejó el océano y volvió a su casa.




Pero su regreso a la Ítaca sureña no fue sino un nuevo comienzo para dar forma definitiva a su universo creativo, un renacimiento en el más puro sentido artístico y etimológico de la palabra, es decir, una vuelta total a Grecia y a Roma; porque de entre todas las artes, Antonio siente predilección por el teatro, el cine y la música, pero profesa pasión por Grecia y Roma, como actor en proskenion y espectador en cávea, desde el equipo de fútbol hasta los pasillos de la Escuela Oficial de Idiomas, ora con manos manchadas de tiza, ora con dedos manchados de musaca. En cada conversación con el hombre tranquilo, bocanadas de sabiduría grecolatina. Y es así como llegan VIII apellidos a la romana (2016) y La última metamorfosis de Ovidio (2021) que, en definitiva, significan también la vuelta a los orígenes, a la cuna del teatro, donde siguen sonando ecos del coro de Tespis, sí, pero ahora con ditirambos reguetoneros.




Ante nosotros, dos proyectos teen theatrum de la pluma (teclado) de Antonio, quien nos sirve, negro sobre blanco, la especialidad de la casa: el aprendizaje de la cultura clásica remasterizada a través del teatro, el humor absurdo y su paralelismo con la actualidad. A través de sus páginas bien cabe un minotauro de telenovela, un griego dedicado al monólogo del Club de la Comedia o la vida de un poeta latino con referentes pop mileniales y de generación Z. Sus textos conjugan tradición y vanguardia con una precisión de cirujano, y lo que a nosotros nos pueda parecer, a priori, agua (con gas) y aceite, se equilibran sin perder ni un ápice de su impacto; por eso no nos va a chocar (aunque sí sorprender) que en una misma obra veamos, como veremos en este volumen, a Narciso fotografiarse con su teléfono móvil para publicarlo en sus redes sociales, o escuchemos rugir los motores de la Fórmula 1 mientras Faetón maneja su carro. En las obras de A. J. Parra cada imagen, cada palabra, cada sonido y cada silencio cuenta.




Tanto VIII apellidos a la romana como La última metamorfosis de Ovidio son una clara materialización del adagio horaciano docere et delectare, textos didácticos a la par que divertidos, en los que lector, elenco actoral y público disfrutarán aprendiendo las similitudes y diferencias entre Grecia y Roma, la biografía del poeta Ovidio, los principales episodios de su obra y, claro está, la mitología clásica. Reirán a carcajadas con la rivalidad vecinal casi futbolera entre culturas y con su singular manera de contarnos las contiendas bélicas de Julio César contra galos y britanos. Vibrarán con las historias de amor de Píramo y Tisbe, de Ariadna y Teseo, de Andrómeda y Perseo; y muy especialmente con la historia de Franciscóbolo y Cornelia.




No obstante, Antonio da un paso más allá en su conquista a través de sus textos. Sus obras no solo están construidas para ser leídas en el aula o dramatizadas por un grupo de teatro, sino que además atesoran un hondo pensamiento reflexivo. Pueden ser muy cómicas cuando así lo pretenden pero muy graves en determinados compases, ya que tienen el poder de colocarnos frente al espejo y mostrarnos nuestras propias esperanzas, pero también nuestras propias miserias. Nosotros, lectores/espectadores, nos vemos reflejados tanto en las vidas de sus personajes como en la fuerza de sus temas. Y es ahí, en ese casi imperceptible pestañeo, cuando el humor se convierte en una cosa muy seria, porque aunque VIII apellidos y La última metamorfosis sean -ante todo- dos comedias, sus diálogos y monólogos también encierran una crítica a la sociedad actual, la del rechazo al diferente, fruto del desconocimiento; la de la cultura de las redes sociales y el culto al like; la del «vuelva usted mañana» burocrático; la del desahuciado y refugiado que se ve obligado a abandonar su hogar. Es entonces cuando el contrapunto cómico cede su espacio al poder catártico del teatro.



En definitiva, el triunfo completo de Antonio Javier Parra radica en saber conectar con todos los públicos, desde el académico-filológico hasta el escolar, e incluso con quienes se acercan temerosos a la cultura clásica, imaginándola quizás demasiado lejana y antigua como para resultar atractiva, pensando acaso que sus mitos son solo bellos muebles cubiertos de polvo. Desde el respeto máximo a la Antigüedad, este querido profesor les saca brillo pieza a pieza hasta dejarlos relucientes y nos los presenta actualizados para recordarnos que historias y temas clásicos como el amor, el humor, la vida o la muerte pueden ocurrir en la Grecia helenística, en la Roma imperial o en la Andalucía contemporánea, porque son universales. Sus actos/cuadros/cantos nos legan un mensaje que traspasa patio de butacas, palcos y paraíso: nos recuerdan que todos nosotros, en nuestra intrahistoria, también somos héroes. Y como tales, coloquémonos ahora nuestra fedora y agarrémonos bien fuerte al puente de lianas, pues la verdadera aventura comienza al pasar esta página.





Ernesto Martín Martínez



Alicante, marzo de 2022


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